” Nuestro cerebro es capaz de tomar información potencial ofrecida por el Universo y transformarla en un conocimiento que puede ser transmitido a generaciones futuras para que éstas puedan continuar la misión existencial primordial de nuestra especie: la construcción del Universo”
(Miguel Nicolelis, neurocientífico brasileño, 1961)
Como por aquellas cosas del azar, que después resultan que no lo son tanto, me llegó la referencia de uno de esos libros de ensayo que me gustan tanto leer porqué, además del conocimiento que me aportan, los comparo con otros ensayos que haya leído con anterioridad surgiendo conexiones que me enriquecen intelectual y espiritualmente, y de las que me gusta compartir con los demás en estos artículos buscando fomentar la reflexión interior y el pensamiento crítico a partir de una mente limpia de prejuicios.
¿Somos seres especiales creados a imagen y semejanza de un Ser Superior todopoderoso y omnipresente, o tal vez somos el resultado de una más evolución animal en un planeta y en un Universo dados?, y de ese modo, ¿tenemos la capacidad para obrar libremente o todo nos viene ya determinado de antemano?
El libro de ensayo que cayó en mis manos tiene el título tan sugerente de “El verdadero creador de todo”, escrito por Miguel Nicolelis, profesor brasileño de neurociencia que encabeza un grupo de investigadores del área de neurología en la Universidad de Duke en Carolina del Norte (USA). Su trabajo trata de conectar el cerebro humano a las máquinas con el objetivo de desarrollar prótesis artificiales que ayuden a las personas con disminuciones físicas diversas a desenvolverse con total normalidad. Y de ahí que haya estudiado muy a fondo y durante muchos años nuestro cerebro humano.
¿Qué hace que un ensayo sobre el funcionamiento fisiológico del cerebro humano pueda servir para la búsqueda de respuestas a las grandes preguntas de la humanidad?, pues que su autor tiene la habilidad de conectar dos mundos he descubierto que están íntimamente interconectados: lo místico (el cosmos) con lo científico (la neurociencia).
LOS DATOS DE PARTIDA
Como diría el Dr. Spock, primer oficial de la nave de la flota estelar USS Enterprise de la serie Star Trek, “la falta de datos siempre invita al peligro”. Así pues, estos son los datos de partida:
- Por mucho que la Inteligencia Artificial intente decirnos lo contrario, nunca ningún ordenador podrá funcionar como un cerebro humano.¿Por qué?
Los ordenadores están formados por un software que funciona digitalmente a partir de combinaciones binarias de ceros y unos; y por un hardware (pantallas, teclados, mouses, etc, …) que pasan información también binaria al software para que éste la procese y obtenga un resultado en base a su programación.Por el contrario, el cerebro humano funciona tanto digital como analógicamente. Está digitalmente conectado a su hardware (los 5 sentidos, del gusto, tacto, vista, oído y olor) recibiendo información binaria de ellos; y tiene un software que procesa analógicamente la información recibida con el propósito de dar una respuesta en base a lo que está ocurriendo, así como a su propia experiencia previa para situaciones iguales o similares.
Una vez dada esta respuesta, el software se retroalimenta para aprender y reconfigurarse para ofrecer respuestas mejores a los próximos datos que le lleguen.
- Cuando un cerebro humano genera una respuesta individual ante un desafío de la naturaleza que le rodea, con el tiempo se conecta con otros cerebros humanos creando una red mundial de expansión del conocimiento adquirido.
Gracias a esta conexión, los individuos parecen fusionarse en una entidad colectiva y funcionar como miembros de un todo superior. Es lo que Yuval Noah Harari define en su libro “Sapiens. De animales a dioses”, como la principal habilidad humana que hace de nuestra especie una especie diferencial: su capacidad de colaborar colectivamente entre millones de individuos.
- Hace aproximadamente 70.000 años, en los humanos apareció uno de nuestros rasgos más característicos: la habilidad para crear intangibles abstracciones mentales.
Resumiendo,
- El cerebro no es replicable artificialmente, …
- … la respuesta individual dada por un cerebro puede conectar colectivamente con el resto creando una red mundial de colaboración colectiva, y …
- … los cerebros humanos son los únicos que han desarrollado la habilidad de crear intangibles abstracciones mentales.
LA DIMENSIÓN HUMANA
Los científicos han datan el origen del Universo en hace unos 14.000 millones de años. Es lo que llamamos el Big-Bang.
Unos 9.500 millones de años después del Big-Bang (hace unos 4.500 millones de años), se creó nuestro planeta Tierra, y unos 500 millones de años después aparecieron los primeros organismos vivos sobre su superficie.
Así pues, si bien los primeros organismos vivos aparecieron sobre la Tierra hace 4.000 millones de años, hace únicamente 6 millones de años que los humanos y los simios dejamos de tener descendientes comunes, pero es que hace tan sólo 200.000 años que de entre las especies humanas apareció la nuestra, la especie humana de los sapiens.
En términos de una vida humana, como especie somos poco más de 10 días en la vida de una persona con una esperanza de vida de 85 años al nacer. No somos ni 2 semanas de nuestras vidas en términos del Universo.
Y a pesar de ser casi sólo un suspiro, ¡cuánto ruido hacemos!… como escribe Nicolelis, “en el principio sólo existía el cerebro primate. Y de las profundidades de esa red de 86.000 millones de neuronas esculpida a través del ciego devenir evolutivo en el curso de millones de años, emergió la mente humana, ilimitada y espontánea.
Esa mente humana pronto produjo la bipedestación, la destreza manual, la fabricación de herramientas, el lenguaje oral y escrito, las complejas interacciones sociales, el pensamiento abstracto, la introspección, la conciencia y el libre albedrío, y con ellos, la noción del espacio y del tiempo, y a partir de aquí, desde la percepción egoísta de nuestro propio yo hasta las más profundas creencias para elaborar sistemas económicos, estructuras políticas y religiones.”
NUESTRA ESPECIE HUMANA: LOS SAPIENS
Se cree que hace unos 6 millones de años atrás dejamos de ser simios, y que nuestra especie humana, la del homo sapiens, apareció hace unos 200.000 años atrás.
Unos 5,8 millones de años de evolución humana hasta aparecer la del homo sapiens a la que pertenecemos, y a partir de ese momento, al menos unos 130.000 años más de evolución hasta que nuestra especie humana empezó a tener las abstracciones mentales que la hacen característica.
Eso es mucho tiempo de evolución donde nuestro cerebro aumentó su volumen considerablemente, pero sólo en el neocórtex, la capa exterior de nuestro cerebro, donde en nuestro caso representa el 80% de la masa total cerebral respecto al 50% que representa en la mayoría de los primates.
Y la mayor parte del crecimiento del neocórtex humano se produjo en el lóbulo frontal del cerebro, y dentro de éste, en el llamado córtex prefrontal, justo aquella parte de nuestro cerebro que tenemos en la frente. Y resulta que dicho córtex es el encargado del pensamiento abstracto y conceptual de alto nivel, precisamente las funciones básicas para la generación de abstracciones mentales.
En marzo de 2021 leí un artículo en la siempre interesante sección de ciencia del diario La Vanguardia titulado “Un gen que nos hizo listos”.
El artículo venía firmado por Leyre Flamarique, y la redactora se hacía eco de una investigación dirigida por la bióloga Madeline Lancaster publicada en la revista “Cell” donde se explicaba que la evolución humana hizo que nuestro cerebro aumentara de tamaño respecto al de sus antecesores, y que el mecanismo que lo permitió fue “el prolongado tiempo de transformación de las células que dan origen a las neuronas, favoreciendo que surjan más células progenitoras y, por tanto, más neuronas en un futuro”.
Resulta que dicho patrón genético sólo se ha encontrado en los humanos. Y estoy convencido de que se necesitaron esos 130.000 años de evolución para crear o perfeccionar el patrón genético que define nuestro extraordinario crecimiento cerebral, sin el que serían imposibles las abstracciones mentales con las que surgieron nuestras primeras culturas, y como escribe Nicolelis, “el rasgo dominante referido a la obsesión humana de comprometer la propia lealtad y de apostar nuestra vida presente y futura, …, por una intangible abstracción humana.”
¿Qué problema tiene un cerebro muy desarrollado? Que tiene un gran consumo de energía, por lo que necesita de aportes constantes de calorías para su funcionamiento. El cerebro humano representa aproximadamente un 2% del volumen corporal total, y en cambio, consume el 20% de la energía producida.
Para remediar esto, o se come más, o se cambia a una dieta con más aportación calórica. Y esto es lo que sucedió, a nuestra dieta ancestral herbívora, incorporamos la carne animal rica en proteínas y grasa con el fin de obtener más energía para nuestro cerebro. Nos convertimos en omnívoros.
Pero ¿por qué creció tanto nuestro cerebro obligándonos a un cambio de dieta?
Como todo en la naturaleza, por pura necesidad de supervivencia y reproducción. Otras especies desarrollaron músculos para ser fuertes o rápidos, o desarrollaron formas de camuflaje, o desarrollaron sistemas de defensa tan diversos como púas en la piel, corazas, o venenos. Nosotros desarrollamos lo que Harari denomina “nuestra enorme capacidad colaborativa”.
No contamos con características especialmente notables para la supervivencia: no somos especialmente fuertes ni rápidos, ni somos especialmente hábiles trepando por árboles o paredes, o nadando, y ni tan siquiera podemos volar por nosotros mismos. Además, resulta que nuestras crías tardan mucho tiempo en desarrollarse y poderse valer por sí mismas. Somos carne de cañón, y en cambio hemos alcanzado lo más alto de la cadena trófica convirtiéndonos en el mayor depredador habido sobre la Tierra.
Nuestra capacidad colaborativa se traduce en que somos animales sociales y eso es lo que los expertos creen que hizo que nuestro cerebro creciera y creciera, ya que las cada vez más complejas interacciones sociales hicieron necesario contar con cerebros mayores.
Parece ser que hacen falta cerebros mayores para generar un mapa social del grupo al que uno pertenece y con el que se relaciona diariamente, de manera que nos permita hacer conjeturas (abstracciones mentales) de lo que otros piensan sobre nosotros o sobre otros miembros el grupo, y de esta manera, tratar de sacar partido al elegir la mejor opción antes de interactuar directamente.
Por otro lado, nuestro cerebro también nos confiere la capacidad del autorreconocimiento, así como nos otorga nuestro propio punto de vista sobre lo que acontece a nuestro alrededor o a nosotros mismos, lo que hace todavía más importante saber elegir bien, y así poder reducir los riesgos de la supervivencia y de la reproducción.
Un hombre con mucha suerte, destreza y valor podrá cazar un oso. Una tribu de 30 miembros podrá cazar varios osos. Un poblado de 500 miembros podrá cazar muchos animales y recolectar muchos alimentos, pero también podrá tener cura de su prole. Un Estado o un Imperio de millones de personas podrá acabar con todo el mundo conocido si se lo propone.
Esa capacidad colaborativa colectiva tan amplia sólo se da en la especie humana. Como dice Harari, “para criar a un humano hace falta a una tribu”.
Todos los que vivimos en sociedad sabemos que para lograr una convivencia óptima deben establecerse una serie de reglas y de prácticas que permitan la interrelación entre los individuos del grupo. A medida que el grupo se hace mayor, estas reglas y prácticas se van haciendo más y más complejas. Y para desarrollar esas prácticas más complejas se necesitan cerebros mayores que piensen en abstracto.
La lucha por la supervivencia y la reproducción de una especie débil y temerosa ubicada en una posición intermedia de la cadena trófica, donde cazaba y era cazada, nos enseñó que la solución era agruparnos y generar interacciones sociales cada vez más complejas que permitiera agrupar a cada vez más y más individuos. De un individuo pasamos a hordas. De éstas a tribus. Y las tribus las convertimos en poblados, ciudades, estados e imperios. Es nuestra ventaja competitiva evolutiva. La selección natural darwiniana nos hizo sociales.
¡Un débil y temeroso primate se convirtió en el mayor depredador del mundo!… y llevamos miles de años digiriendo ese poder.
Un león siempre ha sido un león. Nacido para ser el rey de la selva. Una gacela siempre ha sido una gacela y para no ser cazada por el león desarrolló su gran velocidad. Nosotros hemos venido de abajo gracias a abstracciones mentales, y el poder debería estar en manos de quien supiera utilizarlo.
¡Suerte que también inventamos a los psicólogos para tratarnos!
¿Estamos preparados para ostentar tanto poder? la respuesta podría ser que no si nos fijamos en la crisis climática que hemos generado, la extinción de tantas especies y recursos naturales, o la cantidad de muertes que hemos provocado en guerras eternas y conflictos entre nosotros. Pero también es verdad que sabemos amar, y crear arte, y realizar grandes obras de ingeniería que nos hace la vida más fácil, e ir a la Luna, y quizás pronto a Marte. ¡Seguimos aprendiendo!
Hace unos 70.000 años que iniciamos el camino de nuestro aprendizaje. Nuestros cinco sentidos captaban lo que acontecía en la naturaleza que nos rodeaba y enviaba esa información a nuestro cerebro evolucionado principalmente en su córtex prefrontal produciendo intangibles abstracciones mentales individuales, las cuales fueron extendiéndose por grupos y comunidades a medida en que nos fuimos organizando en sistemas sociales más complejos favorecidos por nuestra propia evolución cerebral, y se convirtieron en abstracciones mentales colectivas.
Y creamos mitos, mitologías, y dioses. Definimos lo bueno y lo malo, lo moral y lo inmoral, y lo escribimos y creamos leyes. Y también creamos la filosofía, la física, y las matemáticas, la nación y la patria, la dictadura y la democracia, el capitalismo y el comunismo, la pintura, la música, y la cultural en general, y tantas y tantas otras cosas.
LA COSMOLOGÍA NEUROCENTRISTA
En su libro, Nicolelis nos propone lo que denomina la Teoría de la Cosmología Neurocentrista. Según él, es el cerebro humano el centro del Universo. No la naturaleza. No Dios. No el hombre. El centro del Universo es el cerebro humano debido a que es éste el que ha creado este Universo. No el Universo que no somos capaces de percibir, sino el Universo que percibimos a través de nuestros 5 sentidos y lo explicamos según las capacidades de nuestro cerebro humano. Y éste es el Universo humano.
¿Cuál es nuestra misión obsesiva?, observar el cosmos y tratar de reconstruir su historia para entonces explicar el presente y, sobre todo, poder predecir el futuro.
Pero en toda muestra de estudio es importante validar las hipótesis contando con un grupo de control. Y para el Universo que percibimos sólo tenemos los mismos cerebros humanos que lo percibe. No tenemos ningún cerebro no humano que perciba el Universo y nos ofrezca su modelo de percepción, y con él, poderlo contrastar con el nuestro para validar o no las hipótesis definidas.
Es nuestro cerebro el que nos hace parecer que todo es o sólido, o líquido o gaseoso… pero lo cierto es que en esencia eso no es así. De hecho, todo es un conjunto de unas partículas subatómicas llamadas quarks que están unidas entre sí por otras partículas que funcionan como pegamento y que las llamamos gluones. Y este conjunto de quarks y gluones forman núcleos de otras partículas subatómicas llamadas neutrones y protones. Y alrededor de ellos gira otra partícula subatómica llamado electrón. Y los protones están eléctricamente cargados positivamente, y los electrones lo están negativamente. Y ese conjunto de protones, neutrones y electrones forman el átomo, y con él se crean las moléculas de todo lo que vemos, tocamos, olemos o saboreamos.
Todo y todos somos ese conjunto de átomos separados entre sí debido a que la carga negativa del electrón impide que estén unidos.
Pero en cambio, nosotros percibimos la solidez de un cuerpo, así como su tacto, o su sabor… y en cambio sólo son millones de átomos separados entre sí.
Todo es una percepción de nuestro cerebro para sobrevivir. Rellenamos los espacios entre átomos y vemos una masa uniforme en uno de los 3 estadios de la materia (sólida, líquida o gaseosa). Percibimos tacto cuando de hecho dos átomos nunca se tocan por el efecto repulsión de sus cargas negativas. De hecho, lo que percibimos realmente como tacto es el efecto repulsión entre las cargas negativas de nuestros átomos y los del otro objeto. Y nuestro cerebro lo convierte en un tacto áspero, sedoso, húmedo, seco, … ¿cómo podemos estar absolutamente seguros de que al tocar un melocotón la textura suave de su piel es sentida de la misma forma por todos?… es absolutamente imposible. Seguro que será parecido, pero nunca será el mismo. Y eso es así porque cada cerebro representa la realidad en base a su propia experiencia, y la que sus antepasados han ido traspasando genéticamente en cada uno de los pliegues formados en su cerebro, los cuales siguen modificándose a lo largo de la vida según las experiencias vividas por cada uno de nosotros y las abstracciones mentales que ha experimentado.
Por eso se dice que somos la herencia de nuestros antepasados, así como el resultado de las experiencias que vivimos.
EL ESPACIO Y EL TIEMPO
Es una de las mayores y más importantes abstracciones mentales humanas ya que no existe en el Universo ninguna partícula física de espacio o de tiempo.
Hemos aprendido a medir el paso del tiempo, así como también el espacio que hay entre dos cuerpos, pero, de hecho, espacio y tiempo son dos conceptos abstractos creados por nuestro cerebro.
El tiempo
El concepto del tiempo nos hace entender la noche y el día y, por pura supervivencia, somos así capaces de gestionar nuestros ciclos biológicos de 24 horas basados en la alimentación y el descanso (ritmo circadiano).
También hemos sido capaces de entender las estaciones del año y prever y planificar las mejores cosechas para cada momento y lugar.
Con el concepto del tiempo relativo al ritmo circadiano surgió la necesidad de su medición. Fue en los monasterios medievales benedictinos del s. XIV en base a las 6 horas canónicas (prima, tercia, sexta, nona, vísperas, y completas). La hora de levantarse era la hora prima (en torno a las 6 de la mañana), se comía en torno a la hora sexta (al mediodía), y se cenaba y se iba a dormir sobre la hora completa (aproximadamente sobre las 21h.). Esta nueva estructura mental de concebir el tiempo nos hizo crear la herramienta física más efectiva para controlar su paso: el reloj.
El reloj es una de las principales herramientas con las que la especie humana sincroniza sus acciones a lo largo y ancho del mundo. El reloj y las franjas horarias hacen que puedan desarrollar proyectos por equipos multidisciplinares situados en zonas geográficas muy distantes.
Con la medición del tiempo, también surgió la esclavitud humana a una agenda, a unos plazos de entrega, a unos compromisos personales, profesionales y sociales que nos hicieron planificar toda nuestra vida desde nuestro nacimiento, donde ya se nos empezó a alumbrar según las agendas más o menos comprometidas del equipo médico que nos traía.
El espacio
El espacio nos hace comprender aquello que hay entre dos objetos. Gracias a ello, nos sentimos individuos únicos y diferenciados al percibir espacio alrededor de nuestro cuerpo físico.
Ni el tiempo ni el espacio son conceptos absolutos, sino que son conceptos definibles en relación con otras variables y, por tanto, relativos, pero, además, también muy influenciados por el observador que los mide.
Que sepamos hasta ahora, nuestro cosmos sólo ha tenido un observador. Nuestro cerebro. Y la física cuántica ya nos ha advertido de que toda observación está influenciada por el propio observador que realiza la medición del fenómeno a describir.
¿Observamos lo que realmente pasa, o sólo lo que somos capaces de observar con nuestros cerebros? Y si como me temo, sólo observamos lo que podemos, ¿cómo podemos aventurar que la medición obtenida de lo observado es correcta o sólo es la que nuestro cerebro es capaz de medir? y, al teorizar a partir de las mediciones obtenidas, ¿podemos afirmar sin ningún género de dudas que las conclusiones a las que llegamos son correctas o sólo son las aproximaciones que nuestro cerebro está capacitado para obtener?
Según Nicolelis, “la evolución nos obliga a maximizar nuestra capacidad de sobrevivir a la mayoría de las circunstancias planteadas por el mundo que nos rodea. Por lo tanto, no hay razón para que nuestros cerebros sean realistas en su representación del mundo. Su función es anticipar y mitigar los riesgos potenciales que podemos sufrir al estar en este mundo, aunque jamás lo experimentemos como realmente es.”
Sólo la contrastación de dos teorías cósmicas obtenidas a partir de dos cerebros, uno humano y otro no humano, podría darnos una guía de dónde está la realidad. Pero lo más seguro es que, al tratarse de un cosmos no humano, no coincidirá en nada con el nuestro, y por eso, nunca seremos capaces de percibirlo a través de nuestros sentidos… pero el que no lo “sintamos” no debe hacernos suponer que no “exista”.
Si en el universo existe algo más complejo que nuestro cerebro, siempre estará más allá del alcance de nuestra comprensión humana. Y no comprenderlo no significa que deba ser Dios, tan sólo significa que somos humanos y comprendemos sólo lo que nuestra evolución nos permite comprender en cada momento.
CONCLUSIONES
Llevo varios artículos hablando sobre el tema de la evolución de nuestra especie bajo una mirada exclusivamente racional y fisiológica, y he hablado de física para tratar de explicar temas metafísicos.
La motivación que tengo es la de encontrar indicios que me hagan entender si existe Dios al viejo estilo de Ser todopoderoso y omnipresente, con independencia del matiz cultural que cada religión le da a dicho Ser Supremo, o si, por el contrario, todo es una ilusión de una especie animal que gracias a su desarrollo evolutivo darwiniano ha llegado a inventarse todo lo que nos rodea por instinto de supervivencia animal al más puro estilo del “Mito de la Caverna” de Platón.
Cada vez estoy más en línea a pensar que nuestro cerebro nos da la percepción que nos induce a creer que, por un puro instinto de supervivencia animal, nuestro universo es el que es. Sabemos que el objetivo de la vida es convertir energía en información para la supervivencia y la reproducción, y nuestro cerebro es la herramienta perfecta para hacerlo.
Pero también pienso que el hecho de tener una potente herramienta que nos ha permitido convertirnos en el mayor depredador de la Tierra no quiere decir que lo que percibimos sea lo que realmente es, sin que ello signifique tampoco que deba existir un Ser Supremo al estilo bíblico.
O, dicho de otro modo, si todo nos lo hemos inventado nosotros y nuestro super cerebro a partir de abstracciones mentales, incluyendo desde la existencia de Seres Supremos todopoderosos y omnipresentes hasta la Teoría de la Relatividad General donde E = m · c2, esto tampoco debería impedir pensar en que, como no tenemos ningún grupo de control que nos diga lo contrario, no pueda haber alternativas cosmológicas igualmente válidas y tan “reales” como las nuestras.
Nuestro cosmos interior (cuerpo físico, mente y alma) y exterior (desde las partículas subatómicas hasta el Universo o los Universos que nos envuelven), están influenciados por las mismas energías electromagnéticas que no vemos y nos rodean. Energías que percibimos a través de sus consecuencias (a veces en forma de enfermedades), o que en otros casos hemos sido capaces de medir (haces de energía ultravioleta e infrarroja) y que unos pocos, quizás por tener un nivel evolutivo basado más en la intuición y la percepción, tienen la capacidad de vislumbrar.
Lo que sí que tengo muy claro es que… ¡no verlo no significa la no existencia de algo!, y como prueba palpable de ello, recordemos la amplitud de las bandas del espectro lumínico y la diminuta banda que nuestros ojos son capaces de ver.
Un ejemplo de lo anterior es el trabajo del Dr. Bruce Greyson, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Virginia y uno de los máximos exponentes en el estudio de las “experiencias cercanas a la muerte” (ECM).
El Dr. Greyson, a partir de sus estudios de más de veinte años sobre casos de ECM, llega a la conclusión de que cuando el cerebro deja de funcionar, la mente se libera. Para él cerebro y mente son entidades separadas, y siguiendo sus propias palabras, es como si el cerebro estuviera encorsetando a la mente.
Es cuando la mente queda libre cuando se producen fenómenos incomprensibles e inexplicables para nuestro cerebro humano. Pero en cambio, sus años de estudio arrojan datos que ofrecen realidades ciertas e incontestables.
Acabaré con otra cita del Dr. Spock de la nave estelar USS Enterprise, “sólo la arrogancia humana puede imaginar que el mensaje se dirige únicamente a los hombres”.
RAFAEL RABAT
Economista
Socio Fundador de NORZ Patrimonia EAF, SL
Socio Fundador de GAR Investment Managers, SàRL