El futuro… ¡No Existe?

“… Diseñados para imitar a los humanos en todo menos en sus emociones. Pero había una posibilidad de que desarrollaran emociones propias. Odio, amor, miedo, enojo, envidia. Así que tomaron precauciones… Les dieron cuatro años de vida.” De la película Blade Runner (1982) del director Ridley Scott.

La evolución de la especie

De entre los homínidos que aparecieron hace 3 ó 4 millones de años sobre la faz de la Tierra, hace 120.000 años atrás, uno de ellos se convirtió en los homo sapiens-sapiens u hombre actual. De todas las diferencias evolutivas hasta llegar a nuestra especie; la más significativa y que caracteriza al hombre actual, es la dimensión de su cerebro, que pasó de pesar unos 850gr. hasta alcanzar el 1,3kg. del hombre moderno.

¿Por qué es tan importante este hecho?… porque en una evolución que duró casi 4 millones de años, pasamos de tener un ordenador Commodore con 32Kbytes de capacidad de almacenamiento de datos y una velocidad de procesarlos de 1MHz, a tener un MacBook Pro con 1Tbyte de capacidad de almacenamiento de datos y una velocidad para procesarlos de 2,3GHz1.

Pasar del Commodore al MacBook Pro, equivale a pasar de tener un almacén con 32.000 datos gestionados a una velocidad de 1 millón de datos por segundo; a tener otro con una capacidad para 1.000 millones de datos gestionados a una velocidad de 2.300 millones de datos por segundo… o, dicho de otro modo, lo primero está bien, lo segundo es “brutal”.

Procedemos de animales inteligentes y, como muchas otras especies: perros, delfines, primates, etc; somos capaces de entender relaciones y de aprender. En este sentido, tenemos necesidades que tratamos de cubrir con la cooperación del grupo o de la manada, como las hienas, y sabemos respetar jerarquías y normas como las abejas y las hormigas.

Pero, transformar un cerebro de 850gr. a otro de 1,3Kg. supuso que nuestra especie adquiriera algo que la distingue de entre el resto de las demás, el pensamiento simbólico, o como dicen Marina y Rambaud en su libro “Biografía de la Humanidad”, se adquirió la destreza o habilidad de poder manejar imágenes guardadas en nuestra memoria y utilizarlas para crear nuevas representaciones; con el fin de anticipar sucesos, para imaginar, elegir metas y orientar nuestro comportamiento.

En definitiva, el que una especie sin grandes ventajas competitivas en términos de fuerza o velocidad frente a otras especies; cuyas crías necesitan de al menos 10 años de vida para poder empezar a sobrevivir por sí mismas con ciertas garantías; la única forma de sobrevivir en un medio tan hostil era desarrollar los lóbulos frontales del cerebro cuyo tamaño es único en la especie humana, que supone la adquisición de la capacidad de prever el futuro y con ella, anticiparnos al hábitat en un primer momento; en controlarlo más tarde, modificarlo y adaptarlo a nuestros intereses, en último término. Desde hace unos 120.000 años; el hombre, a diferencia de otras especies, tomó conciencia de la existencia de dos realidades: una realidad física basada en las experiencias vividas que conformaban su pasado y su presente; y otra más onírica, de imágenes difusas e interpretaciones que buscaban la anticipación dando pie al concepto abstracto del futuro.

El hombre aprendió a vivir en dos mundos: el real de las experiencias vividas, de las cuales extrae aprendizajes personalizados y de grupo, transmitiéndolos mediante la enseñanza al resto e la especie, y el abstracto de los sueños y las imágenes, de lo oculto, que busca en las predicciones esotéricas o estadísticas su principal herramienta de conocimiento.

Pasado, Presente y Futuro

El pasado ya fue escrito y no admite cambios, aunque sí interpretaciones de lo que fue. El pasado ya no existe, a pesar de que, en algún momento dado, sí existió. Un mismo hecho es visto de diferentes formas por unos o por otros, incluso por aquellos que en su día lo escribieron. Heráclito (filósofo griego del s.VI a.C) lo reflejó muy bien cuando dijo que “ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”. El pasado sólo sirve para aprender de él, entenderlo, aceptarlo… y, por supuesto, para que su experiencia sea enseñada a los demás como base de conocimiento. Por el contrario, el presente está siendo escrito y es lo que realmente podemos cambiar. Es lo que verdaderamente existe como tal a pesar de que no solemos darnos cuenta de él cuando está ocurriendo, y sólo cuando se convierte en pasado, lo estudiamos dándonos muchas veces cuenta de lo que podría haber sido y no fue.

El presente es objeto de culto por la filosofía budista. Ésta trata por todos los medios que el hombre tome consciencia de sí mismo, al ser lo único que existe en realidad, y sobre lo que verdaderamente nuestras acciones pueden influir. La práctica de la meditación trata de hacernos tomar conciencia de ello al aislar nuestra mente del mundanal ruido que nos ensordece y no nos deja vivir en él.

Y el futuro será escrito… y es lo único que, por definición, realmente no existe.

Somos la única especie que nos afecta enormemente la realidad que imaginamos que vamos a vivir, y no nos damos cuenta de la realidad que efectivamente estamos viviendo.

Como forma de supervivencia, hemos aprendido lo importante que es saber qué pasará en el futuro, ya sea el futuro inmediato o no.

Lo paradójico de todo es, que dicha supervivencia como individuos o como especie, la hacemos depender de lo que no existe.

Desde hace 120.000 años, las preguntas siempre han sido las mismas:
– ¿De dónde venimos?… trata de responder a nuestro pasado y al origen del Universo. – ¿Para qué estamos aquí?… trata de responder al motivo de nuestro presente.
– ¿Existe Dios?… trata de explicar con la fe aquello que todavía no entendemos con la ciencia.
– ¿El destino está marcado o tenemos libre albedrío?… nos habla de cómo afrontar nuestro futuro.

Siglos y siglos de filósofos, científicos y metafísicos han tratado de dar respuesta a cada una de dichas cuestiones con aproximaciones desde lo racional, lo empírico y lo esotérico.

La ciencia ha ido respondiendo a muchas cuestiones relacionadas con nuestro pasado y nuestro presente. También la fe nos ha dado confort en nuestro presente y nuestro futuro. Pero especialmente para nuestro futuro, buscamos herramientas que nos ayuden a predecirlo. Y para ello, según creamos en el determinismo del destino, o en el libre albedrío de nuestra acción, escogeremos lo esotérico o lo científico para anticiparlo.

Predecir el futuro…, pero ¿cuál de ellos?

Si creemos que el futuro existe y además ya está definido de antemano como si fuera un guion de una obra de teatro escrito por una consciencia superior, en la que somos meros actores, la fe y la aproximación esotérica puede darnos respuestas a nuestras preguntas.

Si creemos que tenemos libre albedrío, que escribimos nuestro futuro a medida que vamos escribiendo nuestro presente, ¿cómo anticipar lo que ha de venir?

Hace unos días, mientras conducía, iba escuchando una emisora de radio local. El presentador del programa introdujo a una persona que dijo dedicarse al negocio de la consultoría especializada en dar servicio a empresas en temas de estrategia adaptativa. Al oírlo quedé igual de frío que lo que pueden haber quedado ustedes al leerlo. Mi escepticismo crítico me hizo pensar que era otro título grandilocuente para definir algo caro y de dudosa aplicabilidad. El locutor, un tipo realmente bueno en su trabajo, sabía que gran parte de su audiencia también había quedado fría con el título, así que se puso del lado de su oyente y preguntó qué era eso de la estrategia adaptativa.

De su respuesta vi que la invitada, Elisabeth Roselló, era una persona intelectualmente muy interesante. Entre otras cosas, explicó que desde su consultora trataban de identificar los potenciales futuros existentes para así prepararnos ante ellos a partir del Estudios de Futuros, una técnica estadística para determinar las tendencias del mañana a partir de lo que hoy existe, así como de los movimientos que puede haber sobre lo que hoy existe, y de aquí obtener las futuras mega-tendencias mundiales. Un tema que me gusta mucho es confrontar fe y ciencia, método científico (experiencia) y método esotérico (intuición). Personalmente, creo que se trata de los polos opuestos de explicar lo mismo, de llegar a las mismas respuestas para las grandes preguntas, por lo que conociendo ambos, quizás acortamos el camino.

Oír la entrevista a Elisabeth Roselló después de estar leyendo sobre la cábala de predicción; me hizo pensar que podía tener la herramienta ideal para compensar mi lectura. La página web de la consultora, www.postfuturear.com, me dio más respuestas. En ella se explicaba que la realidad estaba dada por el mundo material, así como por los procesos que influían sobre él, de manera que cada elemento del presente, así como sus movimientos, configuraban un árbol o cono de posibilidades más o menos probables de que un cierto futuro existiera.

Cuadro 1: Cono de los tipos de futuro posibles. Fuente: Internet. Stuart Candy.

Lo más interesante del modelo de anticipación es que dichos escenarios futuribles iban moldeándose a medida que el presente va escribiéndose, de manera que los escenarios se van confirmando o desechando de manera dinámica.

No hay un futuro cierto, determinado y escrito de antemano… sino que, para un momento presente dado, hay probabilidades de ocurrencia de futuros posibles. Cuando cambia el presente, los futuros también cambian.

Nada es estático como un destino ya escrito. Siguiendo con Heráclito, “todo fluye y nada permanece”. Quizás sea cierto que tenemos libre albedrío para obrar e influir en nuestro entorno y en nosotros mismos.

Los desarrollados lóbulos frontales cerebrales

Es posible que todo sea culpa de tener unos lóbulos frontales demasiado desarrollados y que nos ofrecen un tipo de información que todavía no somos capaces de gestionar. Una información que nos hace vivir entre dos aguas, la del mundo real y la del mundo de los sueños, equivocando muchas veces la herramienta escogida para analizar una y otra con el fin de extraer respuestas, y que nos marca lo que somos y hacemos. La mitología, la religión, en definitiva, la fe… o el método empírico, las matemáticas, en definitiva, la razón.

Quizás la verdad esté a medio camino entre ambos mundos, y el problema es que, después de 120.000 años de que el homo sapiens-sapiens desarrollara esos extraordinarios lóbulos frontales cerebrales, y después de siglos y siglos de sabios eruditos buscando respuestas a las grandes preguntas, todavía no sabemos cómo utilizarlos.

Todavía no sabemos cuándo y cómo utilizar la fe, y cuándo y cómo utilizar la razón. Y visto lo visto en el mundo, parece que esto va para largo… “la fe y la razón son como dos alas con las que el espíritu humano se eleva para la contemplación de la verdad” (de la encíclica Fides et Ratio publicada en 1998 por el papa Juan Pablo II).

Rafael Rabat
Economista Socio fundador de NORZ Patrimonia EAF, SL
Socio fundador de GAR Investment Managers, SàRL

 

 

 

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