Serendipia

“El discípulo miró al maestro en la profundidad de la tarde.
– Maestro, ¿es bueno para el sabio demostrar su inteligencia?
– A veces puede ser bueno y honorable permitir que los hombres te rindan honores.
– ¿Sólo a veces?
– Otras puede acarrearle al sabio multitud de desgracias. Eso es lo que les sucedió a los tres Príncipes de Serendip, que utilizaron distraídamente su inteligencia.
– ¿Qué les pasó?
– Una tarde, caminaban rumbo a la ciudad de Kandahar, cuando uno de ellos afirmó al ver unas huellas en el camino: por aquí ha pasado un camello tuerto del ojo derecho. He observado que la hierba de la parte derecha del camino, la que da al río y por tanto la más atractiva, está intacta, mientras que la de la parte izquierda, la que da al monte y está más seca, está consumida. El camello no ve la hierba del río.
– El segundo, que era más sabio, dijo: le falta un diente al camello. La hierba arrancada muestra pequeñas cantidades masticadas y abandonadas.
– Y el tercero, que era mucho más joven, pero aun más perspicaz, dijo: el camello está cojo de una de las dos patas de atrás. La izquierda, seguro. Las huellas son más débiles en este lado.
– El mayor, picado en esta competencia, afirmó: este camello lleva una carga de mantequilla y miel, ya que en un borde del camino hay un grupo de hormigas que comen en un lado, y en el otro se ha concentrado un verdadero enjambre de abejas, moscas y avispas.
– El segundo hermano bajó de su montura y avanzó unos pasos y afirmó: en el camello va montada una mujer ya que al costado del río hay unas pequeñas huellas de pies sobre el barro.
– El tercer hermano, absolutamente herido en su orgullo afirmó: es una mujer que se encuentra embarazada, ya que en un lado de la pendiente han orinado apoyándose con las dos manos porque le pesa el cuerpo al agacharse.
Los tres hermanos eran muy listos, sin embargo, su sabiduría les trajo muchas desgracias.

Al acercarse a la ciudad, contemplaron un mercader que gritaba enloquecido. Había desaparecido uno de sus camellos y una de sus mujeres. Aunque estaba más triste por la pérdida de la carga que llevaba su animal, y echaba la culpa a su joven esposa que también había desaparecido.
– ¿Era tuerto tu camello del ojo derecho?, le dijo el hermano mayor.
– Sí, le dijo el mercader intrigado.
– ¿Le faltaba algún diente?
– Era un poco viejo y se había peleado con un camello más joven.
– ¿Estaba cojo de la pata izquierda trasera?
– Creo que sí, se le había clavado la punta de una estaca.
– Llevaba una carga de miel y mantequilla.
– Una preciosa carga, sí.
– Y una mujer.
– Muy descuidada, por cierto, mi esposa.
– Qué estaba embarazada.
– ¿Dónde los habéis visto?
– No hemos visto jamás a tu camello ni a tu mujer, buen hombre, le dijeron los tres príncipes riéndose alegremente.

Pero el buen mercader estaba muy irritado. Cuando los vecinos del mercado le dijeron que habían visto tres salteadores tras su camello y su mujer, los denunció.

Los perdió su soberbia. Habían señalado todas esas características del camello con tanta exactitud que ninguno les creyó cuando afirmaron no haber visto jamás al camello. Y se habían reído del mercader. Fueron llevados a la cárcel y condenados a muerte.

Pero la cosa no acabó tan mal. La esposa se había escapado, y pudo llegar antes de que los ajusticiaran en la plaza pública, como era costumbre para castigar a los ladrones de camellos. 

El poderoso Emir de Kandahar se divirtió bastante con la historia y nombró ministros a los tres príncipes. Y el segundo hermano se casó con la muchacha, que estaba bastante harta del mercader.”

(“Los tres príncipes de Serendip” – cuento tradicional persa)

 

Según Wikipedia, la “serendipia” es la circunstancia de encontrar por casualidad algo que no se buscaba.
Pero lo más importante en la serendipia es la capacidad de darnos cuenta de la novedad e importancia del hallazgo realizado.

Como sabemos, Cristóbal Colón, en su búsqueda de una nueva ruta de las especies hacia Asia, se dio de bruces en 1492 con un nuevo continente. Pero en ese momento no se dio cuenta de su importante descubrimiento y tuvo que ser el italiano, Américo Vespucio el que, en 1504 relatara haber viajado a un “Nuevo Mundo”. Américo tuvo el honor de poner nombre a un continente entero (América), y Colón a un país de dicho continente (Colombia) así como a algunos estados y capitales de Norteamérica (distritos de Columbus o Columbias), entre otros.
En la historia de los descubrimientos, la serendipia ha actuado en muchos casos, como, por ejemplo:

  • La Viagra surgió después de que en 1992 se probara un nuevo fármaco contra la angina de pecho y se viera que tenía unos efectos secundarios muy interesantes.
  • El LSD (droga alucinógena) se descubrió en 1938 buscando un estimulante para los partos. Y de hecho sí que estimulaba, incluso demasiado.
  • Los Rayos-X no se sabían para qué servían cuando se descubrieron hasta que a un científico alemán en 1895 se le ocurrió poner su mano delante la fuente de emisión de los Rayos-X. Y en la proyección que vio en la pared descubrió que lo único que se parecía a su mano era su anillo de bodas.
  • La Penicilina fue descubierta cuando se investigaba sobre la gripe y el científico que lo hacía se había descuidado un cultivo del laboratorio fuera.

El término Serendipia proviene de un antiguo cuento persa, el de “Los tres príncipes de Serendip” (la actual Sri Lanka). En dicho cuento, se explican las aventuras de tres príncipes de Serendip que solucionaban sus problemas gracias a increíbles casualidades.

La verdadera utilización del término se debe al escritor inglés Horace Walpole, el cual, en una carta datada en el año 1754 a un amigo suyo, utilizó la palabra “serendipity” para explicar cómo había conseguido dar con la conexión entre dos familias a través de investigar sus escudos de armas en un viejo libro. La casualidad le había puesto en contacto con ese manual, y de él extrajo grandes beneficios.

Me pregunto, si realmente existe la “suerte” y todo es “casualidad”, o, por el contrario, toma consistencia el binomio “causa-efecto”. Como en todos los artículos que he venido escribiendo hasta ahora, siempre me gusta explorar las dualidades de cada concepto. Sus extremos, para después indagar sobre lo más probable, lo más frecuente, o simplemente lo que me parece que tiene más sentido común.

Todo tiene su “yin” y su “yang”, su blanco y su negro, su alto y su bajo, su gordo y su delgado, y de entre estas dualidades extremas, todo acaba acoplándose a combinaciones diversas en una u otra proporción sobre tales extremos. 

¿Nos movemos, avanzamos, evolucionamos, y crecemos por casualidades o por causalidades? ¿Todo es casual, o todo es causal?

Si todo es casual, no habría nada potencialmente controlable y predecible. El simple y llano azar dictaría nuestro destino.

Si todo es causal, toda causa produce un efecto, y todo efecto viene dado por ella; aunque no seamos capaces de conocerla.

Las causalidades suponen una intención buscada por quién, o por lo que, las provoca. Supone un libre albedrío por acción u omisión, y como decía, las causas pueden estar muy ocultas o mostrarse fácilmente. El hecho de no verla no significa que no exista.

¿Podría una casualidad (azar) ser una causa que todavía no se nos ha mostrado o que no hemos sabido todavía identificar? Podemos ver su efecto, y al no entenderlo, podemos explicarlo por el mero azar o la mística; pero a medida que la ciencia avanza, lenta e inexorablemente, somos más capaces de ver y, sobre todo pensar qué causa puede haber detrás de cada efecto.

Hoy intuimos que el Universo es finito y curvo, y que su diámetro mide unos 14.500 millones de años luz. También sabemos o intuimos por nuestra ciencia, que está en expansión y que lo forma un 30% de materia (visible y oscura) y un 70% de energía colosal expansiva, la misma que provocó el inicial Big-Bang y que fue la fuente de expansión del Universo.

Conocemos parte del efecto, los planetas, las estrellas, las nebulosas, los asteroides, las lunas, los meteoritos, y un sinfín de cuerpos celestes más. Y también intuimos de la existencia de otros que no hemos observado directamente, pero de los que nos llegan sus radiaciones. Es la llamada materia oscura del Universo, la cual, a medida que vayamos avanzando tecnológicamente iremos haciendo visible.

Y seguro que algún día, podremos dar una respuesta precisa que el homo sapiens lleva unos 200.000 años preguntándose, ¿cuál es la CAUSA de todo?… porque ya sabemos que el hecho de no ser visible no significa que no exista.

Pondré un ejemplo. Nuestro ojo sólo es capaz de captar una pequeña porción del espectro lumínico. Dicha pequeña porción la llamamos “luz visible”, y abarca desde la radiación ultravioleta (luz con una longitud de onda de 100nm) hasta la radiación infrarroja (luz con longitud de onda de 1.000nm).

Para aclarar, un “nm” es una medida llamada “nanómetro” que se corresponde con las “mil millonésimas” parte de 1 metro, es decir, 10-9 metros. Y la longitud de onda es la distancia entre los picos y los valles de una onda electromagnética. A menos longitud de onda, los picos y valles están más juntos, y al revés a más longitud de onda.

A pesar de no haber aclarado nada con lo anterior, lo que sí es relevante es que el espectro lumínico completo va desde los 0,0001 nm (Rayos Gamma) hasta los 100 m (ondas de radio de onda corta o “AM”). Es decir, desde los 0,0001 nanómetros hasta los 100 metros. Y nuestro ojo sólo ve lo que está entre los 100 nanómetros y los 1.000 nanómetros.

No vemos los Rayos Gamma, ni los Rayos-X, ni lo que está más allá de lo ultravioleta, ni lo que está más allá de lo infrarrojo, ni las microondas, ni las ondas de radio como el radar, la TV, o las frecuencias de radio de FM o AM. 

De hecho, ¡no vemos nada!… somos capaces de ver sus efectos (calor, consecuencias de la radiación en el cuerpo, imágenes de TV o sonidos de radio), pero no podemos verlas, aunque gracias a la ciencia, hoy sabemos que existen y las podemos medir y utilizar.

¿Santo Tomás se equivocaba cuando dijo eso de que “si no lo veo no lo creo”? Sería demasiado arrogante por mi parte afirmar que un Santo pudiera haberse equivocado, pero quizás sí le faltaba un poco de perspectiva científica para hacer, con semejante contundencia, tal afirmación.

¿Debemos pensar que fue por casualidad, por una combinación de hechos producidos al azar que surgió el Universo que conocemos a partir del Big-Bang, y con ello, todos los cuerpos celestes entre los que se incluye la Tierra, y de ella, una especie autodenominada homo sapiens?, o…

… ¿existe uno o varios hechos causales que provocaron la expansión del Universo a partir del Big-Bang y con ello, todo lo que ahora conocemos y todo lo que todavía está por conocerse?

Que no lo veamos no significa que no exista. Vemos sus efectos. Y a cada efecto le precede una causa.

Como siempre, ahí dejo la reflexión para que cada uno piense sobre ella y extraiga sus propias conclusiones. Creo que todos estamos más cerca en nuestras conclusiones de lo que creemos, llamémosle como le queramos llamar, y sea cual sea la aproximación sobre la que basemos nuestro conocimiento, ya sea física o metafísica.

 

RAFAEL RABAT

Economista
Socio Fundador de NORZ Patrimonia EAF, SL
Socio Fundador de GAR Investment Managers, SàRL

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